Digger: cuanto más cavas, más oscuro

Texto – Luisa Scarlata. Fotografías – IMDB/ Luisa Scarlata

La pala de Alejandro González Iñárritu no encuentra oro: encuentra mentiras, poder, grotesco y una realidad demasiado parecida a la nuestra.

Con Digger, Alejandro González Iñárritu da un auténtico coup de théâtre. Y, en este caso, no se trata de un juego de palabras —comprensible únicamente después de haber visto la película—, sino de la capacidad de este extraordinario director para jugar con el público de una sala de cine como si, precisamente, fuera el público de un teatro.

Digger es todo sorpresa: una historia dentro de otra historia, una caricatura de una caricatura, una parodia de la parodia; además de una genial, aunque desconcertante, burla de la actualidad, de la política, de los grandes poderes y del alma (in)humana.

Los mensajeros de este abominable retrato son rostros y actores extraordinarios. Dos por encima de todos: un estratosférico —y asquerosamente inédito— Tom Cruise, y un John Goodman de Oscar.

Todo lo demás nunca se queda atrás. Cada plano de este maravilloso largometraje regala millones de ideas, detalles memorables que arrancan risas cínicas a un público que apenas puede creer lo que está viendo y que, sin embargo, reconoce en cada escena grotesca una realidad que no está en absoluto lejos.

Al contrario.

Al contrario.

Realidad y fantasía, absurdo y posibilidad, mentira y certeza se mezclan continuamente hasta convertirse, partiendo de dos extremos opuestos, en una única cosa.

¿Verdad? ¿Percepción?

¿Y si fueran lo mismo?

Ahí reside quizá el verdadero coup de théâtre de Digger: en la capacidad de Iñárritu para hacer que el espectador se ría de lo imposible mientras reconoce, detrás de cada exageración, algo inquietantemente familiar. Porque cuando la ficción se parece demasiado a la realidad, la frontera entre ambas deja de existir.

Y cuando cae el telón, quizá ya no sepamos de qué lado del escenario estamos.

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