Cronos, cuando Barcelona se quedó sin tiempo

Texto – Luisa Scarlata. Fotografías – IMDB/Luisa Scarlata

Fernando González Molina reconstruye los cuatro días posteriores al 17-A en un thriller policial que, entre la investigación y la memoria, acaba preguntándose hasta dónde puede llegar una sociedad en su búsqueda de integración.

El 17 de agosto de 2017 Barcelona cambió en cuestión de minutos. La Rambla, uno de los lugares más reconocibles de la ciudad, se convirtió en el escenario de un atentado que dejó trece muertos y más de un centenar de heridos. Lo que vino después fue una carrera contrarreloj. Cronos, dirigida por Fernando González Molina y escrita por Alberto Marini, se sitúa precisamente en esas horas y en los cuatro días que siguieron, cuando encontrar a los responsables se convirtió en una prioridad absoluta y cada nueva pista podía cambiar el rumbo de la investigación.

A partir de testimonios de personas que vivieron aquellos acontecimientos desde diferentes frentes, la película reconstruye la llamada “Operación Cronos” desde una perspectiva principalmente policial. Pero no se limita a seguir la persecución. En el camino aparecen las tensiones entre los distintos cuerpos de seguridad, la confrontación política y una prensa que intenta informar mientras los hechos todavía están sucediendo. González Molina consigue convertir todos estos elementos en un thriller de tensión contenida, sin necesidad de recurrir al exceso ni al sensacionalismo.

Y ese equilibrio es importante. Hablar de un atentado tan cercano en la memoria colectiva exige una mirada especialmente cuidadosa, y Cronos mantiene en todo momento un profundo respeto por las víctimas y por quienes quedaron marcados por aquellos días. El reparto contribuye decisivamente a conseguirlo: Enric Auquer, Mónica López y Diana Gómez ofrecen interpretaciones sólidas y contenidas, alejadas de cualquier dramatización innecesaria. Sus personajes no funcionan como simples piezas de la investigación, sino como personas sometidas a una presión que va mucho más allá de su trabajo.

La película adquiere una dimensión diferente cuando llega a Ripoll. Es allí donde el thriller policial empieza a plantear cuestiones que ya no pueden resolverse con una investigación. Cronos aborda el problema de la integración con delicadeza, pero también con una franqueza poco complaciente. Identidad, pertenencia, exclusión y convivencia aparecen entrelazadas sin que la película pretenda ofrecer una respuesta sencilla. Y de esa complejidad surge una pregunta tan dura como inevitable: a pesar de todos los esfuerzos, ¿es realmente posible una integración plena?

Quizá sea esa pregunta la que permanece cuando termina la película. El desenlace no necesita grandes discursos para dejar huella: basta con cambiar ligeramente la mirada y recordar que detrás de una operación policial, de una investigación y de todos los titulares hubo víctimas cuyas vidas quedaron para siempre divididas entre el antes y el después. Cronos consigue así algo más difícil que reconstruir unos hechos: convertirlos en una reflexión sobre lo que todavía no hemos sabido resolver. Una película que termina dejando al espectador aturdido y algo amargado, pero también con la sensación de que mirar hacia atrás sigue siendo necesario para entender el presente.

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