Texto – Luisa Scarlata. Fotografías – IMDB
Jacob Elordi y Josh Brolin se enfrentan a un mundo devastado en el nuevo thriller postapocalíptico del célebre director.

El mundo se ha acabado, pero Hig todavía vuela. En una América devastada por una pandemia que ha reducido a la humanidad a unos pocos supervivientes, un piloto recorre los cielos mientras intenta mantener a salvo el último rincón que puede llamar hogar. A su lado está su perro. En tierra, la amenaza de los “segadores”. Y, de repente, una señal de radio rompe el silencio.
Ese es el punto de partida de La constelación del perro, la nueva apuesta postapocalíptica de Ridley Scott, una película que prefiere mirar las ruinas desde la distancia de quien ha perdido casi todo antes que convertirlas en un simple escenario para la acción. Aquí el fin del mundo no es únicamente una cuestión de supervivencia: también es la historia de lo que ocurre cuando sobrevivir deja de ser suficiente.

Hig, interpretado por Jacob Elordi, ha sobrevivido a la pandemia, pero no ha conseguido escapar de sus consecuencias. La pérdida de su mujer lo ha dejado recluido en una existencia marcada por la soledad, acompañado únicamente por su perro y por Bangley (Josh Brolin), un antiguo militar convertido en experto superviviente. Todo cambia cuando una misteriosa transmisión de radio irrumpe en su rutina. Esa señal abre la posibilidad de que todavía exista alguien al otro lado y despierta en Hig algo que parecía haber desaparecido junto con el mundo que conocía: la esperanza.
Uno de los grandes aciertos de la película está en su capacidad para construir una atmósfera. Los paisajes vacíos, las carreteras desiertas y los espacios naturales adquieren una dimensión casi emocional gracias a una fotografía espectacular. La película sabe transmitir la sensación de estar contemplando un mundo que ha dejado de pertenecernos. También destaca un reparto de gran nivel: Elordi encuentra en Hig una vulnerabilidad contenida, alejada del héroe tradicional del género, mientras Brolin aporta una presencia mucho más áspera y amenazante. Margaret Qualley, Guy Pearce, Benedict Wong y Allison Janney completan un elenco especialmente sólido.
Pero La constelación del perro también exige paciencia. Su comienzo resulta quizá demasiado lento y pausado y, durante buena parte del primer tramo, el ritmo puede poner a prueba la paciencia del espectador. La apuesta por el silencio, la introspección y los tiempos muertos contribuye a construir una atmósfera coherente, pero en algunos momentos se prolonga más de lo necesario y termina lastrando el desarrollo de la historia. Cuando la película finalmente encuentra su ritmo, queda claro que el problema no estaba en la falta de posibilidades, sino en una primera parte excesivamente contenida.

Y aquí aparece quizá la gran paradoja de La constelación del perro. Es una buena película. Incluso una película notable, con una fotografía magnífica, un reparto excelente y una identidad visual muy definida. Pero llega a las pantallas precedida por unas expectativas enormes, alimentadas por el nombre de Ridley Scott, por la novela de Peter Heller y por la promesa de una nueva gran película de ciencia ficción postapocalíptica.
La película, sencillamente, no está a la altura de esa consideración. Y eso no significa que sea un fracaso, ni mucho menos. Sus virtudes son evidentes y su propuesta tiene personalidad suficiente para sostenerse por sí misma. El problema es que, después de tanto overpromise, ser simplemente una buena película ya no parece suficiente.
Sin expectativas tan desmesuradas, probablemente sería mucho más fácil apreciar sus méritos y aceptar sus limitaciones. La constelación del perro no reinventa el género ni alcanza la categoría de obra maestra que algunos esperaban, pero sí ofrece un relato sólido sobre la pérdida, la supervivencia y, sobre todo, la necesidad de encontrar un motivo para seguir creyendo en los demás. Porque cuando todo ha desaparecido, quizá una señal de radio no sea solo una voz al otro lado: puede ser la última razón para seguir adelante.

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