Luis Mottola: «Gorila es brutalidad desde la honestidad, sin filtros»

Texto – Albert Roca. Fotografías – Gorila Distribución.

Tras recorrer Argentina y varias ciudades españolas, “Gorila, la jaula humana” ha aterrizado en Madrid con dos únicas funciones: la que se celebró el 19 de mayo y la próxima, el 16 de junio en el Teatro Muñoz Seca. La impactante propuesta protagonizada por el actor argentino-español Luis Mottola y dirigida por Edy Asenjo llega a la capital convertida en una de las apuestas escénicas más provocadoras y contemporáneas de la temporada. Luis Mottola, de nuevo sorprende y engancha al público bajo las tablas teatrales.

Gorila, la jaula humana en dos únicas funciones. ¿Cómo surgió el proyecto?

Me lo propuso Edy Asenjo, un creador con una sensibilidad muy particular y una capacidad única para encontrar la contemporáneo en textos clásicos. Cuando me habló de trabajar sobre «Informe para una academia» de Kafka, enseguida le vi el potencial. Es un texto brutal, honesto, que habla de domesticar, de integración forzada, de lo que sacrificas para conseguir ser aceptado. Eso, hoy, en esta cultura de sociedad digital y de una presión constante por encajar, resuena de una manera demasiado evidente. Empezamos a trabajar y el proyecto fue creciendo hasta convertirse en esta experiencia que es Gorila, la jaula humana.

¿Es un reto siempre hacer un monólogo?

Más que un monólogo, es una dramaturgia para un único actor. Hay personajes ausentes y situaciones de contexto dramático que se sienten habitados al ver la función pero, en lo práctico, la realidad que eres tú en solitario sosteniendo todo un universo. Es un poco como sentirse un Atlas, con todo el mundo sobre tus hombros. A veces, pesa mucho pero también es muy estimulante construir la conexión con el público y mantenerla viva, siempre en el presente, aquí y ahora.

¿No es un Kafka al uso sino más cercano?

Es una morfología diferente, una expresión de la esencia del texto pero contada desde un código diverso. No es el Kafka oscuro, existencialista o plagado de angustia metafísica sino un Kafka que te mira desde el espejo, que te interpela directamente, cara a cara. Lo hemos vestido con la estética de un talk-show, con música y con códigos modernos, pero el fondo sigue siendo la alienación, la imposibilidad de ser tú mismo en un mundo que te exige adaptarte. Es Kafka pero traído a 2026.

¿Hay mucho contacto con el público?

Sí, es una función muy interactiva. Macumba se dirige directamente al público para involucrarle, para hacerle cómplice. No es un monólogo encapsulado en el que el actor se repliega en su burbuja y el espectador solo mira. En este Gorila hay intercambio y complicidad y eso genera una energía muy especial porque cada función termina siendo muy diferente, según sea el propio público de esa noche. A veces más intensa, otras más cómicas, otras muy pensativas y silenciosas. Depende de quién se siente en la butaca.

¿El humor siempre es sanador?

El humor no deja de ser un código de comunicación y depende de cómo lo uses. En Gorila, el humor es incómodo. Sí, te hace reír pero, también, te deja con un regusto extraño, porque señala, porque expone una realidad que no es tan simple ni tan bonita. Y sí, creo que tiene algo de sanador porque te permite mirar situaciones y condiciones dolorosas pero sin sentirte aplastado. Puede que el público se ría de Macumba pero, en realidad, está haciéndose consciente de sus propias contradicciones. ¿Sanador? Bueno, yo creo que siempre es mejor saber que vivir en medio de una niebla gris.

¿Es un texto muy potente que engancha del principio al final?

Sí, así es. La propuesta escénica es rompedora, muy visual, con música y mucho trabajo corporal. No es una función en la que te puedas distraer o perder el hilo. Le exige atención y compromiso al público. Y lo que vemos cada anoche es que el público sale tocado.

Identidad, perdida de autenticidad, muchas cosas. ¿Es un texto que da mucho juego en ese aspecto?

Es su piedra angular. El individuo y su identidad, la alienación social, la integración, la autoaceptación (o no), negarse (o no) a dar lo que la sociedad te demanda. Nos toca a todos porque, de algún modo, todos participamos de ese juego y hemos tenido que ceder algo para encajar.

¿Cómo se hilvanan todos esos temas?

Macumba cuenta su propia experiencia, su transformación de gorila a humano y, en ese relato, van surgiendo la identidad, la libertad, la domesticación, el éxito, la soledad… Todo es muy orgánico, una cadena muy vital. No es un discurso teórico o una dramatización sino una vivencia, todo encarnado en un personaje al que puedes ver y escuchar.

¿Crees el teatro como escenario para poder pensar en cosas nuestras, en lo que somos?

Sea en el género que sea, el teatro es reflexión. Hagas comedia o drama, el teatro se construye en torno a la capacidad de contar y no existe forma de contar que no se apoye en un proceso intelectual, tanto del autor como del director y del propio intérprete. Tres cabezas y tres corazones por los que atraviesa un texto que, cuando se convierte en actuación sobre el escenario, llega enriquecido y se transmite al público en un espacio, el teatro, que no es sino un espacio de reflexión colectiva interactiva. Esto no lo ofrece ningún otro medio, es pura presencia, verdad en directo.

¿Es una obra que cuando finaliza, anima a la gente a hablar de lo que ha visto?

Desde luego, no es una función de la que sales tan contento y te vas a casa sin más. Hay preguntas, incomodidad y ganas de compartir lo que acabas de experimentar. El coloquio después de una función forma parte del ritual del teatro, justo al terminar, con todas las sensaciones frescas y sin haber tenido tiempo de procesarlo. Eso es maravilloso porque significa que algo ha pasado, que la obra ha tocado algo real, y que necesitas compartirlo, confirmarlo, rebatirlo o discutirlo.

¿Si hubiera que definir la obra en pocas palabras, es la «Verdad» que transmite?

En pocas palabras, Gorila es brutalidad desde la honestidad, sin filtros, sin adornos, sin anestesia, sin juzgar, sin moralidad ni moraleja. Te pone delante un espejo y te dice: mira, esto es lo que somos y así es lo que hacemos. Ahora, tú verás lo que haces con eso.

¿Después de tantos años en los escenarios, tienes la misma adrenalina?

Absolutamente. El cine o la televisión son otra cosa, más mecánica, más planificada, en la que todo se puede repetir, maquillar o editar. El teatro es lanzarte al vacío cada noche. No hay rutina. El segundo mágico antes de telón es un tornado en el estómago que te dispara la adrenalina, la serotonina, la oxitocina, la dopamina y todas las endorfinas. El paquete completo. Es una montaña rusa pero, en el fondo, muy adictiva. 

¿Tienes nuevos retos por cumplir?

Sí, siempre. Más que retos, son ilusiones personales en la profesión porque personalmente me han encantado siempre, como una película o una serie de espías con mucha acción y cacharros tecnológicos y muchas aventuras y conspiraciones por todo el mundo, o explorar algo más el teatro musical, o una versión en teatro de “La extraña pareja” con Antonio Banderas, porque él también muere con el teatro y porque lo puedo visualizar ocurriendo en un escenario, o alguna de las funciones menos representadas en España de Tennessee Williams como “La noche de la iguana” o “Periodo de ajuste”, o regresar al cine de comedia, que es un género increíble del que me enamoré con “El guateque” de Peter Sellers, o un documental de aventura en el antártico, no sé, hay tantas cosas por hacer…

Para finalizar. ¿Qué les dirías al público para que vayan a ver la próxima función de «Gorila» de Kafka?

Les diría que se hagan una pregunta: “¿cuántas veces has tenido que callarte algo, cambiar tu opinión o fingir que algo te gusta para quedar bien y no ser el bicho raro, el cortarollos, el amigo protestón y rebelde?”. Si la respuesta es «ninguna», mejor que no vengan porque no es su función. Pero, si alguna vez se han mirado al espejo sin reconocerse y se han dicho a sí mismos: «¿quién soy realmente cuando no estoy actuando para otros?», entonces Gorila tiene algo que decirte. Cantando, bailando, con humor y con un personaje agorilado que va a invadir tu patio de butacas. Y eso, o te da miedo o es, exactamente, lo que estás buscando.

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