Texto – Redacción. Fotos: Branislav Simoncik.
En un número especial por su 40 aniversario, ELLE saca en portada a una de sus grandes musas: Sharon Stone (Pensilvania, 1958). A sus 68 años, la actriz está en uno de esos momentos en los que el pasado no pesa: ilumina. 25 años después de la hemorragia cerebral y el ictus que la obligaron a aprender de nuevo a caminar, hablar y leer, la estrella ha vuelto a ponerse delante de las cámaras, tiene pendientes de estreno dos películas, ultima una exposición de pintura en Praga y acaba de interpretar en Euphoria a una poderosa ejecutiva de Hollywood. Pero quizá lo más interesante de esta nueva etapa sea la manera en que mira hacia atrás: sin borrar las grietas, pero tampoco dejando que la definan. «Contra todo pronóstico, logré recuperarme, pero las ofertas laborales desaparecieron. En aquella época, si eras mujer y te ocurría algo, estabas acabada», recuerda. Aquella experiencia le enseñó también algo que hoy reivindica con fuerza: «La gente desconoce, o tiende a olvidar, las discapacidades invisibles».

Stone nunca ha encajado demasiado bien en las casillas. De niña, en la Pensilvania rural, fue una niña brillante y peculiar; de adulta, una estrella mundial cuya belleza e intelecto parecían convertirla, a ojos de muchos, en una combinación incómoda. «Creo que a las mujeres consideradas guapas e inteligentes se nos percibe de una manera muy concreta, casi como si una cosa anulara la otra», explica. De ahí, quizá, su recurrente papel de villana y también su empeño en ocupar un espacio propio. Hoy reivindica precisamente esa posibilidad de ser muchas cosas a la vez: pintora, madre, mujer vulnerable, activista… «A la gente le cuesta mucho entender que soy una artista frágil, físicamente pequeña, tímida, privada, solitaria, dulce, delicada y empática».
La actriz recuerda su infancia, marcada por los abusos, y atribuye a su padre buena parte de la mujer que ha llegado a ser: «Nunca me educó haciéndome pensar que, por ser niña, merecía menos que un chico». También aprendió a comprender a su madre, y la severidad que le mostraba, a medida que conocía las heridas que arrastraba. De esa vivencia nace su manera de entender la maternidad: adoptó a sus tres hijos de forma consciente y hoy, cuando ya son adultos y empiezan a volar solos, reconoce que vuelve a tener espacio para ella. «Estoy volviendo al trabajo». Y lo hace con la curiosidad intacta, con nuevos proyectos artísticos y una vida creativa que no parece dispuesta a jubilarse.
Si hay una idea que atraviesa la conversación, es la de que nunca es demasiado tarde para comenzar otra vez. Y quizá por eso, su voz suena menos a superviviente que a mujer en plena expansión. «Me lo estoy pasando bien. Siempre he sido de las que ven el vaso medio lleno. Incluso uno vacío puede tener algo bueno. Se puede volver a llenar, ¿verdad? A veces es justo lo que necesitas para empezar otra vez».

EXTRACTOS DE LA ENTREVISTA
- «Nací en 1958. En aquella época, la menopausia se consideraba un trastorno mental. Hoy, en algunos estados, hay mujeres que incluso tienen que justificar un aborto por razones médicas. Ha llegado el momento de garantizarles todos sus derechos. La educación, el voto, el control sobre su reproducción, la salud…».
- «¡Ah, el amor! Esa palabra tan grande y las formas que puede adoptar… Soy afortunada por todo el que recibo».
- «Cuando mis profesores llamaban a mi padre para decirle que tenía que aprender a comportarme mejor, “como una señorita”, él respondía que eso no iba a ocurrir y que algún día los dejaría a todos con la boca abierta».
- «Elegí la adopción de una manera consciente, para aprender de mis tres hijos. Soy pragmática. Me cuesta entender esa necesidad de perpetuarse, sobre todo cuando hay tantos niños esperando que alguien los quiera».
- «Como sociedad, todavía nos cuesta aceptar que una mujer pueda ser bella, inteligente, amable, divertida, madre y, además, quien sostiene económicamente a su familia. No puede ser todo a la vez porque entonces, ¡oh!, sería igual a un hombre».
- «Importa menos aquello en lo que quieran convertirse mis hijos que la manera en que decidan llegar hasta allí. El camino habla de quién eres».

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