Texto – Luisa Scarlata. Fotografías – IMDB
David Robert Mitchell firma una de las propuestas más originales del año con un thriller fantástico que mezcla aventura, suspense y emoción sin perder nunca el pulso del entretenimiento.

La ciencia ficción lleva años intentando reinventarse entre universos paralelos, viajes temporales y distopías de todo tipo. Por eso resulta tan refrescante encontrarse con una película como El final de Oak Street, capaz de partir de una idea tan extravagante como fascinante para construir un espectáculo que nunca deja de avanzar. David Robert Mitchell no busca reinventar el género a través de la tecnología o los efectos visuales, sino apostando por aquello que siempre ha distinguido al mejor cine fantástico: una premisa imposible tratada con absoluta convicción.
El punto de partida ya basta para despertar la curiosidad. Un apacible barrio residencial desaparece de la noche a la mañana y aparece en un entorno completamente desconocido. Lo que sigue no es únicamente una historia de supervivencia, sino un relato donde el misterio, la aventura y el terror conviven con un inesperado drama familiar. Mitchell sabe dosificar la información, mantener el suspense y evitar que la película se convierta en un simple desfile de secuencias espectaculares.

El ritmo es, probablemente, su mayor virtud. La narración apenas se detiene, cada nueva situación incrementa la tensión y los sobresaltos llegan cuando realmente deben hacerlo. No hay sustos gratuitos ni escenas alargadas innecesariamente: todo está al servicio de una historia que mantiene al espectador completamente implicado y consigue que sus poco más de cien minutos pasen con una sorprendente rapidez.

Gran parte de ese equilibrio funciona gracias a un reparto impecable. Anne Hathaway y Ewan McGregor encuentran el tono perfecto para dotar de credibilidad a una historia extraordinaria, mientras Maisy Stella y Christian Convery aportan frescura y una química familiar que convierte el componente emocional en uno de los pilares del relato. Ningún personaje queda reducido al mero arquetipo, algo poco habitual en producciones de este tipo.
Sin hacer demasiado ruido ni recurrir a fórmulas excesivamente complejas, El final de Oak Street se convierte en una de las propuestas de género más estimulantes del año. Una película que sorprende por su imaginación, atrapa por su ritmo y confirma que David Robert Mitchell sigue siendo uno de los autores más personales del fantástico contemporáneo. En tiempos de secuelas y franquicias, encontrar una idea realmente original sigue siendo un auténtico acontecimiento.

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