El último mono: la conquista como contenido premium

Texto – Luisa Scarlata. Fotografías – IMDB

Mazón convierte la guerra de sexos en un espectáculo de tres días donde el algoritmo se enamora y los estereotipos se quedan sin filtro.

El último mono: la conquista como contenido premium

Hay películas que enfrentan discursos y otras que los convierten en materia prima para la risa. El último mono, de Joaquín Mazón, pertenece con decisión al segundo grupo: no le interesa tanto arbitrar el combate entre la machosfera y el feminismo como observar cómo ambos se comportan cuando se les obliga a compartir el mismo plano y, peor aún, el mismo deseo.

Alejandro (Juan Dávila) es un gurú de la seducción que ha convertido la hipermasculinidad en producto de consumo. Vende cursos, frases motivacionales y la promesa de que el “macho alfa” sigue siendo una figura viable en un mundo que, según él, lo ha declarado en extinción. Mariela (Susana Abaitua) es su antagonista perfecta: comediante feminista, aguda, visible y completamente impermeable a las técnicas que Alejandro enseña a sus seguidores. Cuando él asume el reto de conquistarla en tres días —reto emitido en directo, por supuesto—, la película deja de ser una simple comedia de enredos y se transforma en un experimento social.

Mazón no pretende resolver el debate. Prefiere mostrarlo en su versión más contemporánea: la que se alimenta de likes, de polarización y de la necesidad constante de convertir cualquier conflicto en contenido. Lo interesante no es quién tiene razón, sino cómo ambos personajes descubren que sus discursos, tan sólidos en redes, empiezan a crujir cuando se enfrentan a la proximidad real. El humor surge precisamente de esa fricción: el orgullo, los malentendidos y la atracción indeseada funcionan mejor que cualquier monólogo bien ensayado.

Dávila aporta la energía física y la seguridad de quien ha construido un personaje público; Abaitua responde con inteligencia y timing cómico preciso. Juntos generan una química que evita que la película se quede atrapada en la caricatura. Los secundarios (Óscar Lasarte, Conchi Espejo y el resto del reparto) refuerzan el ecosistema digital y analógico que rodea a los protagonistas, aunque a veces funcionan más como eco que como contrapeso.

El último mono no es una película sobre vencer. Es una película sobre lo que ocurre cuando el reto se agota y queda solo la persona que había detrás del perfil.

Mazón firma una comedia irregular por momentos, pero llena de una energía reconocible: la de quien entiende que, en tiempos de algoritmos, el mayor acto de rebeldía puede ser simplemente dejarse desarmar.

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