Una pesadilla infinita entre la realidad y el recuerdo.
Hay lugares que no deberían existir.
Texto – Crítica de cine de Luisa Scarlata. Fotografías – Elástica Films.
Espacios vacíos que parecen familiares y extraños al mismo tiempo. Pasillos interminables iluminados por fluorescentes que zumban sin descanso. Habitaciones idénticas donde el tiempo parece haberse detenido. Lugares que generan una sensación imposible de explicar, como si pertenecieran a un recuerdo olvidado o a una pesadilla que nunca termina.

Con Backrooms, que se estrena en cines este próximo viernes Kane Parsons transforma esa inquietud en una de las experiencias cinematográficas más perturbadoras y fascinantes del año. Lo que comenzó como una serie viral nacida en YouTube se convierte ahora en una película que demuestra que el terror moderno ya no vive únicamente en los monstruos, sino también en aquello que reconocemos sin saber exactamente por qué.
La historia sigue a una terapeuta que se adentra en una dimensión imposible después de que uno de sus pacientes desaparezca tras cruzar una misteriosa puerta. A partir de ese momento, la película abandona cualquier lógica convencional para sumergirse en un laberinto donde la realidad parece descomponerse lentamente.
Pero Backrooms no es solo una película de terror.
Es una reflexión sobre la memoria, la soledad y el miedo a quedar atrapados en aquello que no hemos conseguido superar. Los espacios que recorren los personajes parecen construidos a partir de recuerdos incompletos, fragmentos de vidas pasadas y emociones enterradas que regresan convertidas en arquitectura. Cada pasillo se siente como una herida abierta. Cada habitación parece esconder algo que preferiríamos olvidar.

La gran virtud de la película es entender que el verdadero horror no siempre necesita una explicación. Parsons construye una atmósfera constante de incomodidad donde el espectador comparte la misma desorientación que los personajes. No sabemos exactamente qué son los Backrooms, ni cuáles son sus reglas, y precisamente por eso resultan tan aterradores.
Visualmente, la película es hipnótica. Los interminables corredores amarillos, las moquetas desgastadas y las luces artificiales crean una estética tan sencilla como profundamente inquietante. Todo parece extraído de un recuerdo borroso, de esos lugares de tránsito que todos hemos visto alguna vez pero que jamás conseguimos ubicar del todo en nuestra memoria.
Parte de la fuerza de Backrooms reside también en su origen. Kane Parsons tenía apenas dieciséis años cuando publicó el primer cortometraje inspirado en el fenómeno de internet que acabaría convirtiéndose en una obsesión para millones de personas. Hoy, con apenas veinte años, ha conseguido trasladar esa mitología digital a la gran pantalla sin perder la sensación de misterio que la hizo tan especial.

La película tampoco cae en la tentación de explicarlo todo. Al contrario. Cuanto más avanza la historia, más evidente resulta que los Backrooms son algo más que un espacio físico. Funcionan como una metáfora de los recuerdos que nos persiguen, de los traumas que permanecen ocultos bajo la superficie y de aquellas partes de nosotros mismos de las que nunca conseguimos escapar del todo.
Y quizás por eso su final resulta tan inquietante. Porque la verdadera pregunta nunca es si los personajes consiguen salir del laberinto. La verdadera pregunta es si alguna vez lograron abandonarlo realmente.

Backrooms no es únicamente una película sobre una dimensión imposible. Es una historia sobre la fragilidad de la mente, sobre la memoria y sobre ese miedo universal que todos compartimos: el de perdernos en un lugar del que tal vez nunca podamos regresar.

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