Texto – Albert Roca. Fotografías – PhotoJV- Archivo Álvaro Quintana. Entrevista realizada en Singular. Calle Carretas 14.
Hace unas semanas finalizó su paso por La promesa, el actor Álvaro Quintana, con un final más feliz que el que tuvo en Acacias 38. En las dos series dejó huella, por ser un actor que vive intensamente cada personaje. “Padrazo” y gran persona, podemos verlo actualmente en las obras de teatro “Ya me has tocado el cuento” y “Goteras”.

¿Te lo pasas bien en teatro?
Disfruto mucho el teatro desde siempre. Desde que empecé muy joven a hacerlo me di cuenta de que eso era para mí. También aprendía disfrutar del cine y la televisión con el tiempo. Pero el teatro fue un flechazo, me sentía libre y feliz. Y como mi cabeza no para de pensar de pensar y pensar, las tablas me hac concentrarme en lo que estoy haciendo.
¿Cuándo llegó tu vocación de actor?
¿Qué notaste?
Mi camino fue peculiar, ya que de pequeño quería ser actor. Mis hermanos y amigos del instituto me decían que valía para ello. Pero lo que en realidad quería ser era músico. Y eso sucedió cuando tenía unos 14 o 15 años. Y la música fue precisamente lo que me llevó a la interpretación.

Que me sentía completo interpretando y entonces la música quedó ya como un hobby.
¿Ser padre te ha hecho cambiar la percepción de la vida y de todo?
Absolutamente. Empecé a ver la vida, a mí mismo y la profesión de otra forma, pero a mejor. Y es que a partir de entonces la vida tenía más sentido.
Un personaje muy recordado tuyo en televisión fue “Antoñito” en Acacias 38
Era un personaje muy divertido. Estuve casi cuatro años haciendo esa serie y cuando hago las cosas, voy al 100%. Hice amigos inolvidables y tuve experiencias preciosas. Me asomé también a varios abismos de la interpretación, de la vida y llevé al límite muchas cosas.

¿Te gustó el final?
Yo finalice la serie, cuando mi personaje murió, 3 meses antes del final de la serie. El final de la serie era como muy nostálgico. Creo que nadie quería que acabara. Pero después de tantos años, con tantos saltos temporales, personajes que entran y salen, tenía que llegar un final en algún momento.
Y recientemente te vimos en La promesa. ¿Tu personaje era muy distinto al de Acacias 38?
Si. El personaje que yo hice en La promesa era un personaje muy emocional y visceral. Y es curioso cómo todo aquello te puede afectar a nivel personal. En cambio, el personaje de Antoñito en Acacias era un vividor. Se movía desde la oportunidad, y todo el rato tenía la situación controlada. Lo que hacía era usar el sentido del humor para poder defenderse desde la distancia, desde el carpe diem, que era en el fondo la filosofía del personaje.
Yo me implico mucho en mis personajes.
Los finales de los dos personajes eran distintos
En La promesa me marchaba casado y feliz y en Acacias 38 me moría de una forma terrible. Estar al servicio de las circunstancias del personaje hace que cada experiencia sea completamente distinta. Y fue una verdadera suerte poderlos interpretar.

¿En qué personaje coincidías más?
Con Antoñito de Acacias. Creo que esa distancia, esa manera de estar por encima del bien y del mal, me pertenece más. Yo a nivel personal suelo ser más distante. Me protejo. Y, en cambio, Toño de La promesa está bastante más expuesto y es más vulnerable a los acontecimientos.
En La promesa, te casabas con el personaje de Sara Font. ¿Qué recuerdos te llevas de ella?
Cuando vas a trabajar con alguien que sabes que tendrás que enamorarte, te preparas para la posibilidad de tener que forzar y apretar ciertos engranajes. Pero si aparece alguien como Sara, que te lo pone tan fácil, tienes que forzar menos y disfrutar mas. Todo fluía y todo era maravilloso. Es una mujer llena de luz.

¿Cuál es el personaje pendiente?
Muchísimos, cientos de personajes. Hay muchas cosas guardadas que no he tenido la oportunidad de expresar y demostrar. Me apetece mucho explorar, ya sea la acción, la aventura, el thriller, la fantasía, el terror, la tragedia más visceral, todo, todo… Me queda todo por hacer
¿Te llevas buenos recuerdos de todo lo que has hecho?
Sí, incluso en los peores momentos, en los que he sufrido mucho, en silencio. Pero me quedo con el aprendizaje, el recuerdo o el triunfo de haber salido de todo ello. Estar convencido que mereció la pena.
Finaliza la frase: si no hubieras sido actor habrías sido…
Muy infeliz. Ser actor me lo ha dado todo.

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