Helio Pedregal: “Mi vida es el teatro”

Texto – Albert Roca. Fotografías–Javier Naval-Carolina Galiano-Aristóteles Jerez-Archivo Helio Pedregal. Entrevista realizada en Singular. Calle Carretas 14.

Conocido por sus personajes en diferentes series de televisión de éxito, Helio Pedregal es un actor de teatro de la cabeza hasta los pies. Ha sido dirigido por los más grandes, y consecuente con sus ideas y su perfeccionismo a la hora de trabajar es crítico y reflexivo con la situación actual, ya que por encima de todo el objetivo es conseguir lo mejor y con las mejores condiciones.

¿Un espacio en el que eres muy feliz es el campo?

Yo nací en el campo, en una aldea en Asturias y viví allí hasta los 12 años. Eso marca mucho. Cuando llegué a Madrid me agobié. Era para mí algo muy grande que no entendía muy bien. Rercurrí a buscarme cerca de Madrid algo que me rescatara de mi sentimiento primario. Y tengo una  casa rústica desde entonces  en Sierra de Gredos donde iba siempre que podía. Ahora voy poco, nos hemos hecho mayores y ya lo de levantar los muros cuando la tormenta los tira, a mí ya me cuesta más de lo que puedo. Pero ha sido mi recurso terapéutico durante toda mi vida profesional

Has hecho mucho teatro, pero un personaje muy recurrente ha sido el Rey Lear

El Rey Lear lo he hecho cuatro veces,  de las cuales en tres  hice el Rey. Eso para un actor como yo no significa más que acumular frustración, porque el Rey Lear, como mucha gente piensa, no es representable. Podemos hacer acercamientos, puntos de vista sobre el texto de Shakespeare, enamorarnos del personaje, que es lo que me pasaba, pero hasta este momento resulta ser realmente inabarcable. Hay algunos teóricos por ahí, algunos de mucho prestigio, que lo dicen, que para ellos cada vez que han ido a ver un montaje en escena del Rey Lear ha supuesto frustración también. No han llegado a ver el complejo mundo que el autor nos describe en sus versos.   La última vez lo que hice fue una síntesis y me aclaró más que ninguno de los grandes montajes anteriores.La culpa fue de Manuel Calzada,autor y director. El Rey Lear se come la vida de cualquiera que le mire de frente.

¿Cambia mucho el montaje según lo dirija un director u otro?

Esta es una historia complicada porque  el teatro es un trabajo de equipo. Y efectivamente cuando aparece un nuevo proyecto sobre ese texto, el director  hace su propuesta. Lógicamente, para alguien como yo, que lo ha hecho cuatro veces, hay mucha información acumulada. La cuestión es  entroncar la visión entre el director, sea cual sea, y el actor que va a incorporar ese trabajo. Yo en ese sentido he tenido mucha suerte. Con Miguel Narros hice creo que dieciocho o veinte montajes. Nos conocíamos muy bien y con él era fácil porque teníamos el mismo lenguaje y nos interesaban casi las mismas cosas. Luego me tocó hacer un Lear con un prestigioso director alemán que vino aquí a dirigirlo a la Abadía. Eso era otra historia. De hecho, a mí eso me costó mucho integrarlo en el concepto que yo ya manejaba después de haberlo hecho dos veces.

Y hablando ya de ello, tu gran escenario, el teatro….

Mi vida es el teatro. He participado en cosas en televisión, cine, pero realmente mi compromiso y el veneno que estoy padeciendo viene de lo que hago en teatro.

Pero antes de ello, ten en cuenta que estás hablando con alguien que nació ordeñando vacas, ortigas para los guarros y haciendo todas las labores del campo. Y no parecía en principio que me correspondiera el personaje que luego me tocó hacer: actor de teatro. Tuve una iluminación   cuando proyectaron en el colegio la película “El rey y yo” con Yul Brynner. Y yo con 11 años entendí que no había en la vida nada más hermoso para hacer que lo que hacía ese hombre en esa película. Ahí me enganché. Más tarde me di cuenta que había actores mucho más interesantes que Yul Brynner. Con 17 años agarré 2.000 pesetas y me vine a Madrid. Y la mitad me lo gasté en matricularme en la escuela de cine. Y ahí empieza la historia. Tuve la suerte de que en la escuela de cine había alguien enseñando, que luego terminó siendo una persona muy importante para este país, que se llamaba William Layton, un americano que vino aquí y sembró mucho, era profesor en la escuela de cine. Y cuando yo me tuve que ir al servicio militar, él me llamó y me dijo: «¿Cuándo acabas?». Eso era entonces año y medio, lo que teníamos que hacer de mili. Y me hizo prometerle que a la vuelta le llamaría. Y efectivamente yo terminé la mili, le llamé y entonces entré en el TEI, Teatro Experimental Independiente,con José Carlos Plaza y Begoña  Valle. Era un grupo independiente que hizo una labor larguísima y creo que muy importante en este país. Y en ese grupo independiente yo estudié interpretación, estudié teatro en la escuela, hice lo propio y ahí arranqué ya directamente, porque en esa escuela producíamos nuestros propios espectáculos.

¿Qué te ha aportado a tu vida realmente ser actor?

Lo que yo soy me lo ha dado el teatro, dónde lo mamé todo, y entendido como una forma de vida. Cuando Miguel Narros hacía «Seis personajes en busca de autor», que yo hice dos veces con él, tenías que entrar en un mundo en el que había que bucear a 60 metros, no podías quedarte a 10 porque entonces no encontrabas lo que buscabas. Y bucear a 60 metros, necesita de una técnica, de una fórmula de trabajo que te permite bajar hasta ahí sin ahogarte. Y bueno, era un teatro que se hacía con muchísimo rigor hacia lo que significaba ese texto. A mí siempre me gustó mucho el teatro literario. El teatro fue literatura hasta hace algún tiempo, ahora ya no lo es. El teatro  afecto a la literatura, los grandes textos clásicos, es lo que me ha impregnado. Y además tuve la suerte de trabajar con los mejores.

Una película emblemática de la historia del cine español es «El puente» de Juan Antonio Bardem y en la que participaste

Sí, ahí entramos todos como grupo en el que había algunas personas que pertenecían al Partido Comunista y la relación con Bardem era frecuente por muchas cosas. Entonces, cuando él rodó «El puente», lógicamente nos cogió a todos como tal grupo. En la película interpretábamos la vida misma.

Hiciste varias series de televisión. ¿Qué recuerdos te llevas?

En las de hace algunos años, las condiciones en las que se hacían las cosas, al menos en ese momento, eran deplorables. Cada uno iba buscando la manera de no quemarse.

¿Se trabaja con demasiadas prisas?

Como sabemos, se marca un plan, que se cumple y si no se cumple, viene el productor, o viene la cadena, o viene la plataforma, o viene alguien y dice: «No, que así no es, que vais muy mal, que esto tiene que estar ya». Trabajar así es muy difícil. No obstante, ahora, se hacen cosas en televisión muy interesantes.

En la serie Acusados, por ejemplo, tuve suerte porque los realizadores eran gente competente. Pero en televisión pasa con frecuencia que llegas a un nuevo proyecto y te encuentras con que la persona que dirije no sabe dónde está. Para el actor es un drama porque no sabes a quién arrimarte, no sabes por dónde tirar. Y esto pasa a veces, quizás demasiadas, hasta el punto que me ha generado algún problema.

Recientemente has estado en series como García  ¿Has notado algún cambio?

Hemos caído en un panorama terrible que son las plataformas, y sabemos a lo que van, a hacer negocio. Aquellos productores de siempre, que era gente creativa que proponían proyectos con cierta complejidad porque amaban su trabajo, esos han desaparecido. Ahora lo que tenemos son CEOs de compañías que aparecen por Madrid y hablan con productores propios para aleccionarles en la forma en que hay que hacer las cosas.

¿Y cómo está el teatro actualmente?

Las cosas han cambiado mucho. Son lejanos esos tiempos en que se hacía ese teatro literario con grandes producciones, con mucha gente, con directores de prestigio, y en teatros maravillosos. Recuerdo por ejemplo “Luces de Bohemia”. Estrenamos en París, hicimos temporada, estrenamos en Madrid, hicimos temporada y estuvimos tres años de gira. Yo salía de mi casa y había ocasiones en que no volvía en tres meses. Había función. Ahora te levantan a las siete de la mañana, te meten en una furgoneta, llegas a Bilbao, comes y vas al teatro . Haces un ensayo técnico obligado por cambio de escenario y haces la función en el mismo día. Luego ya te acuestas y a las 8 de la mañana vuelta a la furgoneta porque te tienen que traer a Madrid antes de las 2 de la tarde, porque si no tienen que pagarte una dieta más. Esas son las condiciones en las que ahora se está haciendo esto. Entonces, salvo la excepcion de los teatros institucionales que aún tienen la posibilidad de producir   eso es un milagro. Todo va con el tiempo.

Ya nadie produce un proyecto, un teatro, una ficción pensando que va a estar en un teatro en Madrid lo que dure, si tiene éxito. Eso ya no es posible. Y es porque el sistema ha cambiado, no lo puedes hacer. La penúltima función que hice estuve en Madrid en tres teatros diferentes, porque no había manera de encontrar un teatro fijo. Y eso a pesar de que la obra gozó de un éxito importante y fue la que más amo de toda mi carrera, una función que se llamaba «La última sesión de Freud», pero insisto, íbamos cagando leches por todas partes porque no había sitio para hacer la función.

© Aristóteles Jerez @aristotelesjerezoficial

¿Qué es lo más extraño que has hecho?

A ver, he hecho cosas que hubiera preferido no hacer, pero extraño… Quizá al principio que me inicié con un musical con dos narices. Era una versión del «Cándido» de Voltaire, que montamos aquí con José Carlos Plaza y nos arruinamos con ello. Pero tenía pretensiones y había un resultado. No era una maravilla, pero así empecé yo, haciendo musical, pidiendo dinero a mi casa para poder hacer refuerzo. No había dinero, no cobrábamos, éramos una cooperativa en ruinas. Pero nos atrevimos con eso y con muchas más cosas. Ahí estuvimos muchos años.

Y para finalizar, ¿qué es ser actor?

Ser actor es una forma de vivir.

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